Debido a la realidad que vivimos donde existen rápidas disrupciones tecnológicas es necesario saber hasta dónde podemos actuar y cómo. Las tecnologías que manejamos cada día son: más inmediatas, sus efectos más radicales y sus consecuencias más imprevistas. Por esto es importante tener en cuenta ciertos aspectos a la hora de tomar decisiones estratégicas para no caer en esa zona gris que está a medio camino entre los pioneros y los retrógrados o ilusos. Usar las herramientas para afrontar los cambios, hacer hipótesis de escenarios y poder adelantarse a las consecuencias de estos es el punto de partida.
A nivel internacional vemos claramente que la bipolaridad tecnológica entre Estados Unidos y China ha generado una sobreabundancia de empresas con influencia directa en todos los niveles y aspectos de nuestras vidas. Mientras EE UU mantiene su liderazgo económico mundial, China avanza rápidamente con desarrollos como Deepseek y otras soluciones de IA propias. Esta competencia ha permitido que surjan nuevas innovaciones tecnológicas como la IA o la computación cuántica como servicio. Estas innovaciones tienen menos de una década pero han generado un efecto sísmico con reacciones en cadena transformando industrias y relativizando la importancia de las economías mundiales.
Si observamos la gran disrupción tecnológica del año pasado, la inteligencia artificial generativa se ha colado en todas nuestras tareas diarias. OpenAI con el modelo GPT-2 del año 2019 ostentaba el récord de ser la primera plataforma digital en llegar a 100 millones de usuarios en dos meses y actualmente cuenta con 300 millones de personas activas semanalmente. Paralelamente, en China, Deepseek ha experimentado un crecimiento exponencial similar, posicionándose como el principal competidor asiático y atrayendo millones de usuarios de la noche a la mañana. En perspectiva esto supone una adopción de un 2700% más rápido que Facebook en llegar a los 100 millones de usuarios, o un 887.5% más rápido que Instagram en alcanzar 10 millones de usuarios al día. Como los porcentajes son inasumibles por nuestra mente, podemos comparar las velocidades de ir caminando con la de ir conduciendo un coche de fórmula 1. Y a esa velocidad de adopción se une el impulso de iniciativas de financiación como el proyecto Stargate donde Estados Unidos invertirá 500.000 millones de dólares en cuatro años.
Este uso masivo ha generado múltiples cambios en cinco aspectos de nuestra sociedad. El primero, la automatización y productividad donde el 75% de los trabajadores globales afirma usar estas soluciones en sus labores diarias, según el Índice de Tendencias Laborales de LinkedIn y Microsoft de 2024. El segundo, la creación y transformación de empleos; esta innovación redefine roles, suplanta algunos y presiona la demanda de otros para determinadas necesidades nuevas que han surgido en las empresas. El tercero, el impacto sectorial de las herramientas donde ciertas industrias se han visto más afectadas que otras. El cuarto aspecto atañe a los cambios en habilidades y competencias de los empleados que tienen que adaptarse a las nuevas necesidades del mercado laboral. Y el quinto, la percepción y adopción de estas herramientas donde existe una gran incertidumbre de los trabajadores porque sus puestos de trabajo puedan eventualmente correr el riesgo de desaparecer.
Este es el tablero en el que jugamos como profesionales, empresas y países. Y es aquí donde es perentorio pararse a reflexionar para trazar la mejor estrategia del éxito personal, profesional e institucional. No todos contamos con las mismas herramientas ni recursos para competir en igualdad de condiciones, pero David Collingridge publicó en 1980 el libro “El Control Social de la Tecnología”, un concepto fundamental para evaluar el impacto de una tecnología. El dilema de Collingridge es imprescindible entenderlo a la hora de regular la tecnología y la innovación. Lo que plantea es un problema de tiempos. Por un lado, si regulamos una tecnología demasiado pronto, cuando aún está en desarrollo y no ha alcanzado una adopción masiva, no podemos prever todas las consecuencias negativas de dicha regulación. Esto podría dar lugar a una regulación ineficaz o incluso innecesaria. Por otro lado, si tardamos demasiado tiempo para regularla, entonces la tecnología ya estará muy extendida y será difícil de modificar sin costos significativos, conflictos políticos o resistencia de la industria.
Este dilema cobra especialmente sentido hoy en día con propuestas de regulación como la Ley de Inteligencia Artificial de la UE, cuyo objetivo es equilibrar los supuestos desafíos de los sistemas de IA según su nivel de riesgo: inaceptable, alto, limitado y mínimo. Aquí la UE busca establecer unas salvaguardas para un uso fiable y responsable de la IA con el objetivo de garantizar la transparencia, pero existen tres grandes escollos insalvables a esta misión aparentemente loable: uno, las empresas líderes en este tipo de tecnologías son privadas y extranjeras; dos, la ventaja estratégica de Estados Unidos y China pueden establecer regulaciones locales para que sus empresas avancen sin restricciones en detrimento de las europeas, como demuestra el apoyo gubernamental chino a Deepseek y por último, el poder de las Big Tech reside en ofertar distintos servicios por regiones relegando a Europa a una posición de desventaja.
Podemos afirmar sin equivocarnos que estas tecnologías son muy incipientes, pero su gran penetración las hace más difíciles de limitar por vía regulatoria. Incluso pensar que la vía ganadora es un desarrollo tecnológico propio, como la herramienta recientemente lanzada por el Gobierno de España, ALIA. Esta herramienta lingüística de código abierto representa un esfuerzo por desarrollar IA en español y promover la soberanía digital, pero su relevancia práctica y capacidades están muy por detrás de las de otras soluciones del mercado.
En este escenario, donde además la geopolítica ha ganado un gran peso, las empresas y profesionales de la UE parten con una desventaja clara, y es importante definir cuanto antes una estrategia ganadora para fomentar el uso de las tecnologías más relevantes, consolidadas y funcionales. Sólo así podrán existir innovaciones originadas en Europa con las que competir con otras regiones.
Publicado originalmente en Linkedin en abril del 2025.


